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Apocalypse Now: ¿película bélica o estudio de la condición humana?

Apocalypse Now es una de esas películas que dificilmente podrán repetirse en algún momento de nuestra historia. Cualquier calificativo que se emplee con ella resultará injusto e impreciso para describirla, ya…

Apocalypse Now es una de esas películas que dificilmente podrán repetirse en algún momento de nuestra historia. Cualquier calificativo que se emplee con ella resultará injusto e impreciso para describirla, ya que trasciende el ámbito del cine, el arte o la industria para convertirse en una obra de culto que, como las grandes obras de arte de la humanidad, nos habla directamente sobre la condición humana.

Apocalypse Now es una de esas películas de las que te dan ganas de hablar cuando acabas de verla. Es imposible no extraer una visión propia, formar una opinión sobre ella. No deja indiferente a nadie, y genera controversia aún habiendo pasado casi 40 años desde su estreno. Es una película legendaria, rodeada de un misticismo y una épica que impregnan inevitablemente el debate sobre ella.

Apocalypse Now está ambientada en plena Guerra de Vietnam, y relata la misión que le es encargada al Capitán Willard, quien ha de ir río arriba y encontrarse con Kurtz, un Coronel del ejército estadounidense que ha enloquecido y ha decidido hacer la guerra por su cuenta. La historia está basada en el libro de Joseph Conrad “El corazón de las tinieblas”, una obra que relata la aventura de un marinero por el río Congo, en busca de Kurtz, un jefe de una explotación de marfil que ha perdido el juicio.

Apocalypse Now

Coppola, quien ya había intentado rodar la historia en el 69, antes de empezar The Godfather, pensó que sería una buena idea ambientar la historia en la guerra de Vietnam, y representar en la figura de Kurtz a un desertor del ejército americano. Esto le permitió a Coppola explorar los límites de la moral y la ética en la guerra, así como profundizar en la psique de un hombre perturbado por los horrores de la misma, y tratar de averiguar cómo es que llegó hasta ahí. Se ha dicho a menudo sobre Apocalypse Now que el viaje de Willard a través del río Nung es en realidad un descenso a los infiernos. Es esto, pero es también un viaje un viaje de descubrimiento de los propios límites de uno mismo cuando se es llevado al límite.

Apocalypse Now bien podría dividirse en dos películas diferentes, aunque una solo funcionaría junto a la otra. En la primera parte, asistimos al desarrollo de la misión de Willard, pero esta está construida de un modo totalmente original e inaudito; se trata en esencia de un road-trip bélico por la selva, en la que Willard y los soldados que viajan en el bote se van encontrando con peligros, situaciones y nuevos personajes, y cada nueva experiencia resulta tan traumática o más que la anterior. Esto va endureciendo a los soldados, de modo que no son las mismas personas que cuando salieron de Saigón. Este arco psicológico de los personajes describe desde la inocencia de unos jóvenes soldados hasta la pérdida de esta inocencia y su caída en la demencia más absoluta, y contemplar cómo cada uno de ellos va cayendo en el tormento y el horror es una de las cosas que más sobrecogen de toda la película.

La segunda parte de Apocalypse Now, no obstante, es casi una película de terror psicológico. Una vez Willard llega hasta el campamento de Kurtz y los nativos, la película entra en un terreno aún más inhóspito, donde la niebla y la locura lo invaden todo. A partir de este momento, la fotografía se vuelve oscura y tenebrosa, los personajes caen constantemente en las sombras y flota en el ambiente un olor enrarecido, capaz de traspasar la pantalla e invadir al espectador. Cada diálogo con el Coronel Kurtz es una cuchillada a la conciencia, y la voz de Brando aquí resulta tan grave y penetrante que consigue perturbar, con apenas un par de líneas de diálogo.

Apocalypse Now

No podemos hablar, ni siquiera, de Apocalypse Now como un tratado antibelicista, por más que mucha gente haya querido interpretar la película de esa manera. El mismo Coppola reconoció que no era ese el objetivo principal de la película, sino más bien analizar qué es lo que nos pasa por la cabeza cuando somos llevados al límite de nuestras fuerzas y nuestro entendimiento. Todos los personajes de Apocalypse Now acaban totalmente trastornados, como así fue en la realidad para muchos combatientes en Vietnam; los supervivientes, los que pudieron regresar a sus casas, se enfrentaron a años de un trauma psicológico enorme e irreparable. En este sentido, Apocalypse Now es también una película que retrata de una manera salvaje la época en la que está ambientada, reflejando a la perfección el ambiente de paranoia y sicodelia colectiva en torno a la guerra de Vietnam, con la música de fondo de los Rolling Stones, el consumo excesivo de marihuana y las conejitas Playboy. El ideario colectivo y cultural de la época se muestra como una paradoja de un momento políticamente tan convulso como apasionante, en el que muchos de los mitos y símbolos de la cultura norteamericana empezaban a florecer a la vez que el país se veía envuelto en una guerra insana y que se cobró la vida de miles de jóvenes estadounidenses (y vietnamitas) de una manera completamente inútil y absurda.

Lo mejor de la película es que transpira en cada plano la tensión y los problemas del rodaje. Apocalypse Now se rodó en Filipinas, en un momento de revueltas y escaramuzas internas, estuvo a punto de cancelarse el rodaje varias veces, el presupuesto inicial se disparó, Coppola hipotecó su casa y sus bienes para finalizar la película, se sucedieron continuos retrasos, Marlon Brando amenazó con no participar en la película, hubo varios cambios de actores, un tifón que destruyó los decorados y hasta un ataque de corazón sufrido por Martin Sheen. El rodaje de Apocalypse Now es una de esas epopeyas cinematográficas que son dignas de estudio. El estado mental en el que acabaron director y actores fue tan caótico que algunos de ellos bordearon la locura, y la producción se le fue de las manos a Coppola en multitud de ocasiones. Terminar la película fue un auténtico milagro, pero a la vez ayuda a entender el mismo carácter de la obra: hipnótica, poderosa y de un magnetismo inigualable, Apocalypse Now es uno de los hitos del cine de cualquier época, una de esas obras que traspasan el ámbito en el que fueron creadas y cuyos límites no se encuadran dentro de los márgenes del medio cinematográfico.

Apocalypse Now

Es tan poderosa en la reflexión que nos manda, y es tan retorcida, angulosa y ambiciosa en todo lo que nos cuenta, que es imposible pararse a analizar sus virtudes técnicas, que son muchas, empezando por la descomunal dirección de Coppola, el fastuoso trabajo de fotografía, las imponentes actuaciones de Sheen y de Brando o el titánico trabajo de arte y producción que hay detrás de cada uno de los elementos que componen el film. Apocalypse Now es una película absolutamente tremenda, histórica, única e irrepetible, y la película bélica más brutal y salvaje que se ha rodado nunca, y no por la violencia de sus escenas de acción sino por el estado de desasosiego en el que te deja.

Escenas increíbles e inolvidables, como el ataque de los helicópteros al son de Wagner, toda la secuencia final en la aldea siniestra de Kurtz, y esos planos iniciales en los que suena This is the end de los Doors mientras un Martin Sheen ebrio y cercano al trance deambula por la habitación de un hotel de Saigón luchando contra sus propios miedos, esperando esa llamada que le aparte de su particular infierno personal. Pero mi preferida es esa otra indescriptible escena en la que suena por la radio del bote Satisfaction de los Rolling, momento de una retorcida, extraña e indecente belleza en el que los integrantes de este viaje al corazón de las tinieblas disfrutan por un momento del placer de la vida, el surf, el rock & roll y las drogas, mientras el infierno les acecha en la espesura de la selva, a los márgenes del río, a cada centímetro que avanzan a través de él.

¿Quién la dirigió? Francis Ford Coppola
¿En qué año se estrenó? 1979
¿Quién la protagoniza? Martin Sheen, Marlon Brando, Robert Duvall
¿De qué va? El Capitán Willard es un oficial de inteligencia del ejército
estadounidense al que se le encarga una misión para matar a Kurtz, un
coronel que se ha vuelto loco y que ha formado un ejército de nativos en el
interior de la selva de Camboya.
La frase: “Acusar a alguien de asesinato en este lugar, es como poner
multas por exceso de velocidad en la carrera de Indianapolis”.

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Casablanca, o cuando el cine americano es insuperable

Este artículo contiene spoilers. Si no has visto la película, mírala antes de leerlo  Decía Carlos Boyero en uno de sus ya míticos chats en El Mundo, que el cine…

Este artículo contiene spoilers. Si no has visto la película, mírala antes de leerlo 

Decía Carlos Boyero en uno de sus ya míticos chats en El Mundo, que el cine americano, cuando es bueno, es insuperable. Estoy muy de acuerdo con él, y creo que Casablanca es una buena muestra de ello.

Casablanca es uno de esos casos raros, que nunca pondría en un top 5 de mis películas preferidas, y sin embargo, cada vez que la vuelvo a ver, acabo emocionado hasta las trancas y con el impulso irrefrenable de meterla en ese top 5. Creo que lo mejor que puede decirse de
Casablanca es precisamente que nunca pierde vigencia o interés. Si quieres iniciar a un neófito en el cine clásico, Casablanca es una apuesta segura.

Casablanca fue una de esas películas llamadas de encargo que tan bien funcionaban en la época. Básicamente consistía en un proceso mediante el cual los estudios encargaban un guión siguiendo unas directrices muy claras respecto al tipo de película que buscaban; luego delegaban la dirección en un artesano de la industria y se contrataban a actores conocidos para atraer al gran público. Todo eso ocurrió así con Casablanca. Sin embargo, el azar, que tantas cosas buenas ha hecho por el cine, provocó que en esta producción de la Warner confluyeran una serie de factores a su favor; el principal fue contar con un director brillante como Michael Curtiz, y el segundo fue juntar a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman, quienes consiguieron una química en pantalla insuperable, a pesar de llevarse como perros en la vida real.

Las recetas estaban ahí, y consistían en el ideario de Hollywood para conseguir el entretenimiento perfecto: juntar a grandes actores, con guiones ágiles y de narrativa clara y meridiana, y contar historias de grandes personajes enmarcados dentro de un contexto político que condicionan sus conductas. En este caso, la película está ambientada en plena Segunda Guerra Mundial. Por entonces, el norte de África era una vía de escape para los exiliados hacia Lisboa, para más tarde dar el salto hacia Estados Unidos. Casablanca era la penúltima parada en ese exilio, y ahí es donde se sitúa el bar de Rick (Bogart), escenario principal de la historia.

Casablanca: Bar de Rick

De Rick sabemos muy poco acerca de su pasado, y esa ambigüedad es con la que trabaja muy bien Humphrey Bogart para dotar a su personaje de un carácter duro y cínico. Rick ya no se casa con nadie, ni presta su ayuda a nadie; tras fracasar ayudando a los republicanos en la Guerra Civil española, la causa de Rick es simplemente la de ayudarse a sí mismo a sobrevivir. Por eso, Rick tiene una especia de trato ventajoso con Renault, el corrupto jefe de la policía de la Francia libre (Recordemos que Marruecos fue en esa época colonia francesa). Así pues, Rick consigue que le dejen en paz, pero a cambio él facilitará, en la medida de lo posible, los chanchullos de Renault dentro de su local.

Las cosas se complican cuando hace su aparición Ilsa (Ingrid Bergman), una bellísima mujer que huye junto a Víctor Laszlo, un líder de la resistencia contra los nazis. Es entonces cuando vemos a Rick quebrarse, y descubrimos que entre Ilsa y Rick hubo un romance hace tiempo. En un sensacional flashback, vemos a Ilsa y Rick juntos y enamorados en París. Cuando las tropas nazis entran en la capital francesa, ambos piensan en coger el tren y escapar de la ciudad, pero Ilsa nunca llega a la estación para encontrarse con Rick. En cambio, vemos a un Rick abatido, esperando bajo una intensa lluvia, leyendo una nota de Ilsa en la que le dice que no puede huir con él, y que siempre le amará. El plano es de una belleza espectacular, y la manera es como las gotas de agua van borrando las letras de la carta junto a un tren que está a punto de perder, son una bella metáfora del desengaño amoroso de Rick.

Casablanca: París

El personaje de Rick está fantásticamente construido, pues representa la figura icónica del hombre clásico perfecto: fuerte, con carácter, elegante, romántico, aventurero e inteligente. Rick funciona en la película a modo de antihéroe, pues sabemos desde el principio que de él dependerá la resolución del conflicto, pero dudamos constantemente de su integridad. El resto de personajes son presentados a la distancia, incluida Ingrid Bergman, quien por entonces era mucho más conocida que Bogart. El protagonismo absoluto de Bogart se traduce también en unas líneas de diálogo afiladas como cuchillo, con frases de un ingenio absoluto (-¿Me desprecias Rick? -Lo haría si llegara siquiera a pensar en ti) pero también con una actitud que evidencia en todo momento que Rick es el único que controla la situación en todo momento.

Y así fue, de hecho, en el rodaje; ninguno de los actores salvo Bogart sabía exactamente el final de la historia, pues así lo quiso el director, Michael Curtiz. De esta manera, Curtiz se aseguraba que la incertidumbre respecto a con quien acabaría Ilsa condicionara a los personajes para dotarles de mucha ambigüedad. Y fue un movimiento brillante, pues si algo caracteriza a Casablanca es el áurea de misterio que rodea constantemente a sus personajes. En ningún momento sabemos realmente a quien quiere más Ilsa, si a Victor o a Rick; jamás llegamos a colocar ideológicamente a Renault, y tampoco llegamos a estar seguros de las intenciones de Rick, aunque al final se destape en él una virtud patriótica que le haga obrar con el mayor de los sentidos comunes.

El sentido patriótico de Rick, o más bien su sentido del deber y de la justicia, queda reflejado también en mi escena favorita de la película. Es esa escena en la que oficiales nazis cantan el himno alemán de la época en el bar de Rick. Entonces, Víctor Laszlo se acerca a la banda de músicos y les pide que toquen la Marsellesa, a lo que Rick también accede. Entonces, y al son de la banda, todo el público en el bar empieza a cantar la Marsellesa, hasta que logran acallar el canto de los militares nazis. Curtiz busca en ese momento varias miradas rabiosas y emocionadas, como la de la actriz Madeleine Lebeau, o la de la misma Ingrid Bergman, que desprenden un sentido de autenticidad, valor, emoción y dignidad tremendas, y que demuestran una vez más la pureza del cine, que necesita de bien poco para conmover al espectador. La escena deja mal parados a todos aquellos que han intentado alguna vez menospreciar a Casablanca tildándola de cine de “encargo”, mostrando que detrás de la cámara había un tipo que sabía muy bien lo que hacía, con un sentido artístico y cinematográfico fuera de toda duda.

Aún así, lo más recordado de Casablanca es su final. Tras una historia de amor y sentimientos a flor de piel, Rick decide entregar a Ilsa a Víctor, en un acto de renuncia ejemplar, pues sabe que es Ilsa será más feliz con Victor a su lado que junto a él. Ese sacrificio se escenifica de una manera sobrecogedora, pues Ilsa y Rick ni siquiera pueden despedirse con un beso; allí está junto a ellos Víctor. La renuncia de Rick a Ilsa se ha interpretado de muchas maneras, pero al final tan solo puede resumirse en una sola, y es que Rick es es un hombre íntegro, que no se nos había mostrado hasta entonces porque ocultaba su decepción con el mundo bajo toneladas de cinismo y amargura.

Esa amargura hace acto de presencia en esa archiconocida escena en la que Ilsa le pide a Sam (Play it again, Sam) que toque As time goes by para recordar los viejos tiempos en París, o ese momento tremebundo, y que de tan sutil pasa casi desapercibido, en el que Ilsa le pide a Rick que decida por ambos, porque ella no puede, a lo que él le contesta con un escueto “así lo haré”. El espectador solo sabrá al final de la historia que Rick, en el momento de pronunciar esas palabras, ya ha decidido, y su decisión no es otra que la de dejar ir al amor de su vida.

Casablanca es una obra de un romanticismo empedernido, que finaliza con un momento tristísimo en el que todos salen perdiendo: Rick pierde a la mujer que ama, Víctor consigue escapar con Ilsa aún sabiendo que esta no siente amor por él sino más bien respeto y admiración, e Ilsa renuncia al amor por una causa mucho más grande. El final indaga en esa vieja idea romántica de que las grandes historias de amor son las que no duran eternamente, y aun así, tras ese pensamiento nostálgico y arrebatador acerca de todas las grandes historias de amor que pudieron ser y no fueron, la película se las ingenia para soltar una de las frases más míticas de la historia del cine y que puedas terminar de verla con una sonrisa en la boca. No puede haber mejor manera de acabar una película única e irrepetible.

¿Quién la dirigió? Michael Curtiz
¿En qué año se estrenó? 1942
¿Quién la protagoniza? Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Claude Reins
¿De qué va? Ilsa huye junto a su marido Víctor, un líder de la resistencia
contra los nazis. Al llegar a Casablanca se encuentra con Rick, un hombre
que conoció en París y del que sigue enamorada.
La frase: “Louis, presiento que este es el comienzo de una gran amistad.”

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¿Cuál es el sentido de la vida?

La eterna pregunta que filósofos y pensadores han tratado de responder a lo largo de la historia. Es también de lo primero que se nos viene a la cabeza cuando…

La eterna pregunta que filósofos y pensadores han tratado de responder a lo largo de la historia. Es también de lo primero que se nos viene a la cabeza cuando sufrimos una crisis existencial, de las que yo he sufrido ya unas cuantas. Por eso tengo una opinión formada al respecto.

Creo que para hablar del sentido de la vida tenemos que hablar antes de la muerte. Vida y muerte son ambas inseparables, dos caras de la misma moneda.

Existe algo tan inevitable como la muerte: la vida. -Charles Chaplin

Prácticamente todas las culturas y religiones del mundo mantienen la idea de la reencarnación o una vida después de la muerte. Por poco serio que resulte este argumento desde un punto de vista científico, la creencia en un alma que puede transportarse para vivir otras vidas es común entre los seres humanos, y esta creencia tiene una explicación, tal como dijo el inclasificable Brian Cox en el documental “Wonders of life”: Uno se siente reconfortado pensando eso. Y es que resulta bastante turbador y desesperanzador pensar que todo lo que somos ahora; nuestra carne, nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros recuerdos, son fruto del caos y se evaporarán para siempre en el Universo.

¿Qué sentido tendría entonces la existencia? ¿Para qué esforzarse, batallar y sacrificarse para alcanzar tus sueños, si al final tan solo nos espera la nada eterna? ¿Para qué levantarse cada día a las 6 de la mañana, para qué luchar, para qué preocuparse por ser felices?

Lo que tuvo que pasar para que tú existieras

Aunque la religión pueda aportar consuelo y esperanza a mucha gente, mis creencias no pueden estar más alejadas de ella. Desde luego, encuentro mucho más consuelo en las explicaciones de la ciencia, y desde luego encuentro muchos más motivos de fascinación y asombro en las explicaciones científicas sobre cómo se originó la vida en el Universo que en las explicaciones teológicas.

Tal como apuntaba Bill Bryson en su magnífica obra “Breve historia de casi todo“, la historia del Universo es una sucesión de acontecimientos caóticos y azarosos que posibilitaron la creación de la vida de una manera casi milagrosa. Nos encontramos a la distancia justa del sol, y la masa de la Tierra es lo suficientemente grande como para atraer gravitatoriamente a su atmósfera. En los orígenes de la vida se encadenaron una serie de reacciones químicas extraordinarias, que dieron pie a las primeras moléculas. Desde aquello, hasta la vida como la conocemos ahora, pasaron 3.800 millones de años. Es simplemente acojonante.

Tal como estas circunstancias se desencadenaron de esta manera, también pudieron hacerlo de otra muy distinta. Las condiciones de la Tierra son tan particulares que las posibilidades de que surgiera una forma de vida como la nuestra eran de una entre miles de millones. Es fascinante pensar que en todo el Universo solo haya una vida como la que hay en el planeta Tierra, y con toda seguridad es así. Podrá haber vida en otros planetas, pero formas de vida exactamente iguales a las que tenemos en la Tierra son altamente improbables.

Las probabilidades de que se crearan las condiciones perfectas para la vida en la Tierra eran de una entre miles de millones. Estamos aquí por una sucesión de acontecimientos cósmicos únicos y extraordinarios. No hace falta pensar en un Dios que obra milagros para maravillarnos por la excelencia de la vida y la naturaleza, estas ya son milagrosas por sí mismas.

En su libro, Bryson reconocía que cuanto más sabemos acerca del Universo, más inverosímil resulta nuestra existencia. Y no puedo estar más de acuerdo con él: el ser humano es un auténtico milagro en sí mismo. Tenemos un cerebro privilegiado dentro del reino animal, que nos ha llevado a límites impensables, permitiéndonos crear obras de arte de arrebatadora belleza y fabulosa tecnología y máquinas que pueden viajar al espacio. Y todo esto ha sucedido sin la intervención de un ser divino que vive en los cielos.

Y esto es lo que perturba el pensamiento de muchísimas personas. ¿Cómo es posible que una vida tan perfecta se haya desarrollado de manera fortuita, por puro azar, sin la intervención de un Dios omnipresente que está en todas partes y lo ve y lo crea todo? Así ha sido, y no sé qué te parece a ti este pensamiento, pero a mi me parece la hostia.

¿Existe un destino para todos nosotros?

Mi absoluta fe y creencia en la ciencia me impide creer en destinos prefijados. El universo es demasiado caótico como para tenernos preparado de antemano un destino fijo entre las miles de millones de variables que entran en juego a lo largo de nuestras vidas. Tus padres se conocieron en la fiesta de graduación del 68, pero qué habría pasado si tu padre hubiese llegado a la fiesta cinco minutos tarde, y en vez de sacar a bailar a tu madre, hubiese invitado a otra chica? Tú ya no estarías aquí. Eso es el caos.

Cada uno de nosotros representamos una singularidad, pero es solo una más de entre los 7.000 millones de personas que habitan en el mundo entero. No hay ningún gran papel reservado en exclusiva para ti, o lo que es lo mismo: no has nacido con un propósito vital predeterminado.

El propósito de nuestra vida se forma con el tiempo, a través de nuestras vivencias y nuestros anhelos, nuestras ambiciones, las personas de las que nos rodeamos y las circunstancias de nuestro entorno, y por eso los propósitos de cada uno son tan distintos de los de los demás.

Si me preguntas qué sentido tiene la vida te diré que el único sentido de la vida es el que tú quieras darle. La pregunta que te haré yo entonces será esta: ¿Qué estás dispuesto a hacer con este regalo absolutamente asombroso llamado vida? ¿Hasta donde llegarás con él?

La toma de conciencia

En su libro, el cual recomiendo encarecidamente si no lo has leído, Bryson ponía un ejemplo que me parece sencillamente espectacular. Bryson hablaba de los líquenes, uno de los organismos más simples y menos ambiciosos, puesto que su función es simplemente la de “existir”. No obstante, un liquen se aferra a la vida desesperadamente, con un ímpetu incluso mayor que el de un animal o un ser humano, pues toda su existencia se basa únicamente en ese pretexto: existir. A donde quería llegar Bryson con ese ejemplo es que, a pesar de no disponer de nuestra conciencia, nuestro cerebro y nuestra capacidad de abstracción, un liquen siente un irremediable impulso por vivir.

Nosotros, siendo una forma de vida mucho más compleja, tenemos ese mismo impulso. Pero nosotros sí disponemos de un cerebro que posibilita el pensamiento abstracto. Gracias a la abstracción, los hombres de la prehistoria intuyeron que uniendo un palo con una piedra podían construir un hacha con la que les sería mucho más fácil cazar o recolectar hierbas. Esa capacidad de abstracción es la que ha posibilitado también que adquiramos conciencia de nosotros mismos.

El liquen ni siquiera es consciente de su propia existencia, y aún así se aferra a la vida. ¿No te parece extraordinario?

Gracias a nuestro privilegiado cerebro, también experimentamos emociones, y resulta fascinante comprobar que estas cumplen también una función evolutiva. El amor, por ejemplo, es un instinto “diseñado” para garantizar la perpetuación de la especie. El miedo tiene la función de prevenirnos ante posibles amenazas. Y la rabia, sin ir más lejos, es la emoción que proporciona energía para contrarrestar esos peligros.

Este conjunto de procesos cognitivos resultan en lo que denominamos conciencia, y la conciencia es clave para entender la felicidad en el ser humano. Gracias a la conciencia uno puede identificarse en el mundo como un ente individual dentro de un sistema colectivo. Gracias a ella albergamos ideas, pensamientos, creencias y valores que acaban formando nuestra forma de ver la vida. Debido a esta conciencia, podemos mirar dentro de nosotros y saber si todo ello se alinea con la vida que realmente estamos viviendo. La conciencia es la que nos permite mirar a otros seres humanos, y utilizando la empatía, saber cuándo estos están tristes, alegres o enfadados.

El hombre se autorrealiza en la misma medida en que se compromete al cumplimiento del sentido de su vida. -Victor Frankl

La empatía nos permite pues identificar también cuando otra persona es feliz o no lo es. Y si vemos a alguien que es feliz, y nosotros sentimos que no lo somos, la conciencia empieza a lanzar preguntas por nosotros: “¿Por qué él si y yo no?” “¿Qué tengo que hacer para ser tan feliz como él?”, para acabar concluyendo con un “Quiero cambiar mi vida para mejor, quiero ser feliz”.

No sé qué hacer con mi vida

La felicidad tiene muchas definiciones, tantas como que cada uno tiene la suya propia. Para unos, la felicidad puede ser montar una empresa de éxito, mientras que para otros la felicidad puede consistir únicamente en formar una familia. En cualquier caso, y con cualquier posible ejemplo que pusiera, identificaríamos la felicidad con la realización de una actividad que nos apasione. En el primer ejemplo la felicidad residiría en la pasión por llevar a cabo un emprendimiento, y en el segundo la felicidad sería el resultado de construir un entorno en el que amar y sentirnos amados.

Sea como sea, no se entiende la felicidad si no es viviendo una vida en la que sientes en todo momento que estás haciendo con ella lo que quieres. Obviamente esto no puede ser siempre así, pues inevitablemente surgen compromisos. Pero en líneas generales, uno siente que es feliz si sus actos son consecuentes con sus pensamientos. Es por esto que es muy difícil que alguien atrapado en un trabajo aburrido y monótono pueda ser feliz si su sueño es viajar por el mundo, así como resulta imposible que alguien pueda ser feliz al lado de una persona desde el mismo momento que deja de quererla.

El tema es que creo que los seres humanos somos mucho más conscientes de nuestra mortalidad, contrariamente a lo que se dice habitualmente,. En realidad, es un instinto que llevamos programado “de serie”, y precisamente saber que podemos morir en cualquier momento sin haber vivido una vida de la que podamos sentirnos orgullosos es el motivo de agobio y depresiones que nos invaden a menudo a lo largo de la vida.

Es en esos momento de crisis existencial, de dudas, miedos y temores, cuando intento tener presente toda esta reflexión que estoy compartiendo contigo. La vida es un lienzo en blanco y puedes pintar en ella lo que quieras. No se me ocurre ninguna otra conclusión más potente, libre y hermosa que esta para definir el sentido de la vida.

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La teoría del caos: Así es cómo influye en nuestro día a día

El aleteo de una mariposa en California puede generar un tornado en Japón. Esta frase, formulada por el físico y matemático Edward Lorenz, es el preámbulo de un concepto conocido como…

El aleteo de una mariposa en California puede generar un tornado en Japón. Esta frase, formulada por el físico y matemático Edward Lorenz, es el preámbulo de un concepto conocido como el efecto mariposa, y explica uno de los principios de la teoría del caos: incluso el más pequeño acto puede tener unas grandes consecuencias, y por norma general, estas son impredecibles. 

El ser humano ha considerado siempre el caos como el desorden o la aleatoriedad del cosmos, pero la teoría del caos lo que hace precisamente es contradecir esta afirmación: el caos no es más que un sistema complejo y ordenado, solo que no sabemos exactamente cómo se comporta porque en él inciden un número de variables infinitas, imposibles de predecir. Si las conociéramos todas, podríamos predecir el devenir de los acontecimientos, pero incluso entonces podría sufrir alteraciones graves, debido a su alta sensibilidad a las condiciones variables del sistema.

Vamos a explicarlo para que lo entendamos todos, con uno de los ejemplos más claros; el de la ramita y el río: Si dejamos una ramita en un punto X del río, y la dejamos a merced de la corriente, esa ramita llegará a un punto Y. Si al día siguiente dejamos esa ramita en el mismo punto X, esa ramita no llegará a un punto Y, o no tendrá que hacerlo necesariamente. “Nunca te bañarás dos veces en el mismo río”. Os suena, ¿verdad?

¿Por qué sucede esto? Pues porque en los sistemas complejos existen infinitud de variables y fluctuaciones que provocan que el resultado a la ecuación difiera siempre de lo previsto. Es decir, en el río hay piedrecitas o corrientes de agua que provocan una serie de reacciones en cadena, multiplicadas por cientos de ellas, y que evitan que no se pueda predecir donde va a acabar la ramita. Por eso es tan difícil predecir con exactitud la meteorología, o, llevándolo a un terreno más nuestro, la conducta humana.

La teoría del caos

La teoría del caos, o teoría de la complejidad, ha sido aplicada a varios terrenos de estudio, tales como la economía, la física o la psicología, que es el ámbito que más me interesa.

Para empezar, hazte la siguiente pregunta: ¿De qué manera actúas a la hora de tomar decisiones? La gran mayoría de los seres humanos lo hacemos considerando la relación cuantitativa, es decir, la relación entre causa y efecto. Esta relación vendría a decir que causa y efecto son directamente proporcionales; una gran causa provoca un gran efecto, y una pequeña causa provoca un pequeño efecto. Esto lo vemos diariamente en la familia, con nuestros amigos o nuestras parejas. Y es que cuanto mayor sea la repercusión de nuestros actos, peores serán las consecuencias, porque en el proceso intervienen una serie de variables y fluctuaciones que afectan a más personas que cuando la repercusión de nuestro acto es pequeña. Esto es así, pero solo en teoría, pues en un sistema complejo una causa pequeña puede provocar un gran efecto dependiendo de la complejidad del sistema. Por eso no podemos predecir cuáles serán las consecuencias. Podemos medir más o menos la gravedad o complejidad de nuestras acciones, pero nunca podemos saber cómo serán las consecuencias de nuestros actos antes de llevarlos a cabo.

El caos es la partitura en la que está escrita la realidad. -Henry Miller.

Es por este mismo motivo que no puedes predecir con exactitud lo que te va a pasar si tomas una decisión drástica en tu vida. Desconocemos por completo lo que ocurrirá si lo hacemos, y pensar (y además, hacerlo en negativo) en un escenario futuro es ridículo, pues la vida cambia constantemente, se mueve cada vez en círculos más amplios; es dinámica.

Los múltiples caminos de la vida

La complejidad del sistema caótico, y por ende del universo, se traduce en múltiples vías y caminos vitales que podemos recorrer. Si pensamos detenidamente en la cantidad posibilidades que tenemos a nuestro alcance podríamos volvernos locos midiendo el alcance de cada uno de ellos. Decir que el aleteo de una mariposa en California provoca un tornado en Japón es una hipérbole que sirve como metáfora: cualquier acto, por pequeño que sea, puede provocar una serie de reacciones en cadena que desemboquen en un resultado de consecuencias enormes.

Así pues, los humanos realizamos acciones cuyos resultados desconocemos o escapan simplemente a nuestro control, y cualquier pequeña variación en la cadena de acontecimientos puede provocar cambios drásticos en el resultado final.

Hay una escena de “The Curious Case of Benjamin Button” que ejemplifica la teoría del caos a la perfección:

La escena es perfecta, porque deja claro que incluso los momentos más irrelevantes de nuestra vida y la de los otros (momentos sobre los que, además, no tenemos control ninguno) influyen de manera determinante en nuestro devenir futuro. Así pues, una simple mirada, una palabra bien o mal dicha, un reproche, un elogio, una caricia, un abrazo o un beso dado o dejado por dar o una decisión tomada o no tomada puede desencadenar una serie de acontecimientos que pueden transformar tu vida para siempre.

Una simple mirada, una palabra bien o mal dicha, un reproche, un elogio, una caricia, un abrazo o un beso dado o dejado por dar o una decisión tomada o no tomada puede desencadenar una serie de acontecimientos que pueden transformar tu vida para siempre

Costo y beneficio

Otro aspecto destacable de la teoría del caos, aplicada en este caso tanto a la economía como a la conducta humana, es el que se refiere a los conceptos de costo y beneficio, y que tenéis muy bien explicada en este artículo. Lo que viene a decir, básicamente, es que tendemos a tomar decisiones en base a un análisis basado en nuestra experiencia, valorando siempre los beneficios de esa decisión, pero también los costos. Si el beneficio es mayor, o como mínimo, compensa el costo previsible, tomamos esa opción, porque el margen de beneficio es positivo. Sin embargo, aquí es donde actúa el caos, pues estas previsiones pueden o no cumplirse. Por ejemplo, una mujer que duda entre dos hombres y quiere a ambos por igual, pero para su decisión decide poner en una balanza pros y contras de sus personalidades, llegando a la conclusión de que uno de ellos le proporcionará más seguridad y estabilidad. Pero aquí que en esta estructura compleja se produce un cambio imprevisto y el carácter de esta persona se vuelve inseguro e inestable. La relación empieza a no funcionar, y la mujer entonces se arrepiente de su elección, pero… ¿Cómo puede solventar este problema? Simplemente no puede, porque no se puede volver atrás. De la misma manera que la ramita no podrá remontar por sí sola el curso del río, las personas no podemos rehacer nuestras elecciones, y si lo hiciéramos nunca volvería a pasar lo que teníamos planeado anteriormente al momento de la toma de nuestra decisión, pues las variables de la orden secuencial en la ecuación habrían cambiado. O lo que es lo mismo: la vida sigue su propio camino.

La cuestión desemboca entonces en cómo arreglamos esas deficiencias de conducta o esos problemas derivados de una decisión equivocada. Y es ahí donde entra otro de los conceptos clave de la teorías del caos, y es la regeneración del sistema mediante la retroalimentación positiva. La retroalimentación negativa tiende a corregir un error, mientras que la positiva busca el cambio. Lógicamente cuanto mayor sea el problema más drástico será el cambio, y dependiendo de cuánta diferencia hay entre lo previsto antes de la elección definitiva, y lo acontecido realmente después de esa elección. Es decir, medir nuestro grado de satisfacción, y si corresponde al análisis realizado con anterioridad. Si el resultado final se distancia mucho de ese análisis previo, buscaremos mayoritariamente el cambio. Si no se distancia mucho, aunque lo haga sustancialmente, nos quedaremos como estamos, porque “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Este inmovilismo y conservadurismo es el que ha frenado muchas veces el progreso de la ciencia o el arte, y por extensión el de la humanidad y el de millones de personas en sus vidas personales.

Lo que realmente me interesa es si Dios tuvo alguna elección en la creación del mundo. -Albert Einstein

El milagro de estar vivos

Como veis la teoría del caos tiene una aplicación teórica y práctica en lo que se refiere al comportamiento humano. No en vano, a finales de los noventa ya se dijo que la teoría del caos y de la complejidad sería la ciencia del siglo XXI junto a la física cuántica. Hace años, un analista económico al que vi en una tertulia televisiva, y en referencia a la crisis financiera, mencionó la teoría del caos aplicándola a los ciclos económicos y a la inestabilidad y lo impredecibles que resultan. En un mundo globalizado esto cobra mayor importancia, pues una pequeña decisión tomada en un banco de Estados Unidos ha podido repercutir en la economía de miles de familias en todo el mundo, de la misma manera que una pequeña decisión en un momento determinado puede dañar o afectar a nosotros mismos y a los demás, y además sin saberlo.

Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad. -Enrique Tierno Galván.

La formulación de toda esta teoría resulta incluso aterradora si nos paramos a pensar por un momento: en nuestra vida influyen un número inmenso de variables sobre las que no tenemos control alguno. Por lo tanto, pienso que es inútil esforzarse en tener tu vida controlada al 100%, pues ese control es totalmente ficticio e ilusorio. Desde hace ya algunos años pienso que esa incertidumbre es precisamente un enorme motor en nuestra vida, y lejos de inquietar o resultar incómoda puede ayudarnos a no dar nada por sentado, a vivir la vida siendo conscientes que lo que hoy es cierto, mañana puede dejar de serlo, y que resulta mucho más interesante tener siempre más preguntas que certezas, dejarse llevar por lo que la vida ofrece a cada momento, teniendo la capacidad de reinventarse y adaptarse continuamente a los cambios. O lo que algunos llaman fluir con la vida misma.

Aceptar el caos como la forma elemental del funcionamiento del universo es aprender que nunca puedes afirmar que estarás toda una vida con una persona, pues no puedes saber cuando terminará el amor entre ambos. Aceptar el caos es comprender que no existe un trabajo “seguro”, y que precisamente el trabajo más seguro es aquel que depende, en gran medida, de tus decisiones y no las de los demás. Aceptar el caos es permitir que la incertidumbre entre a formar parte de tu vida, dejándote siempre la duda de si mañana seguirás en este mundo, haciéndote partícipe del del inmenso privilegio de estar vivos y del valor que tiene el aquí y el ahora.

1 comentario en La teoría del caos: Así es cómo influye en nuestro día a día

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