La mayoría de nosotros tenemos algún libro, película, canción u obra de cabecera, a la que acudimos cada cierto tiempo y nunca nos cansamos de ella. Para mí, esa película es American Beauty, una película que me pilló en un momento de mi vida en el que me sentía muy vulnerable, y que consiguió calarme hasta los huesos un mensaje vital que intento tener presente cada puñetero día de mi vida.

American Beauty habla de un tema recurrente en el cine y en la vida: la incapacidad de ser felices en un mundo dominado por las convenciones sociales. Resulta paradójico que fuese Sam Mendes, un europeo, quien hiciera una de las mejores radiografías que se han hecho nunca acerca del “american way of life“, el sueño americano. No obstante, esta no es una película solo para yankees, sino que tiene un carácter universal, pues los temas que trata nos interpelen a todas las personas que vivimos en lo que llamamos “sociedades occidentales”.

American Beauty comienza con un breve e inquietante preludio en el que vemos a una chica confesar ante una cámara de vídeo que le gustaría matar a su padre. A continuación las primeras imágenes del film son unos planos aéreos del típico barrio residencial de Estados Unidos, con casas unifamiliares con jardín habitadas por matrimonios felices, con buenos trabajos e hijos modélicos, sofás de seda y coches aparcados en el garaje. Sin embargo, rápidamente la cámara se adentra en una de esas casas, la de la familia de Lester Burnham. “Look closer” era el rezo publicitario con el que se promocionó la película, y eso es lo que hace exactamente American Beauty, nos invita a mirar más de cerca esa realidad para darnos cuenta que es pura fachada.

Lester empieza a hablar con una voz en off y arranca con una confesión sorprendente: nos comunica que va a morir, y todo lo que se va a narrar es lo que ha ocurrido antes de su muerte. En ese momento sabemos que la grabación que hemos visto al principio es el de hija de Lester, por lo que el espectador ya intuye desde ese mismo momento que algo turbio está a punto de ocurrir. Lester nos cuenta que no es feliz, a pesar de vivir en una casa en un lujoso barrio residencial, tener dos coches, mujer e hija: está frustrado profesionalmente, su esposa es una mujer vulgar y aburrida, su hija le odia y apenas se habla ya con ella, y su único momento de felicidad diaria es cuando se masturba cada día por la mañana. A partir de ahí, dice Lester, su día va a peor.

Sin embargo, un día conoce a Angela, la atractiva amiga de su hija, y a partir de ese momento se obsesiona con ella. Angela es la viva imagen de la belleza y la inocencia, y representa para él todo aquello que ha perdido en su tránsito a la vida adulta. Angela es una “Lolita” que actúa como motor del cambio en Lester, que asume su fracaso vital y decide revertir la situación, convirtiéndose en un rebelde que deja su trabajo, comienza a hacer ejercicio, fuma marihuana y, lo más importante, empieza a ser descarnadamente sincero con los que le rodean.

American Beauty

American Beauty acierta de pleno en su radiografía de un modelo de vida autoimpuesto en el que formar una familia y trabajar para consumir representa una imagen del éxito. Es una crítica a la hipocresía y vacuidad de un ideal de vida que no es solo norteamericano sino que se ha extendido al mundo entero. American Beauty está ambientada en Estados Unidos, pero sus personajes son universales y los podemos reconocer en nuestro día a día: gente que parece tenerlo todo en la vida pero que, sin embargo, no son felices. Los vemos a diario yendo a trabajar amargados en el metro, los vemos a diario cuando oímos a los vecinos discutir por gilipolleces, lo vemos a diario con amigos subiendo fotos en las redes sociales aparentando ser felices cuando en realidad se sienten miserables pues, tal y como dice uno de los personajes en la película, “para tener éxito hay que proyectar una imagen de éxito”.

“Mi trabajo consiste básicamente en ocultar mi desprecio por los cerdos de dirección, y al menos una vez al día meterme en el lavabo y cascármela, mientras sueño con vivir una vida que no se parezca tanto al infierno.” – Lester Burnham

El diseño de los personajes es extraordinario. Cumpliendo patrones universales, cada uno representa distintas personalidades. Está el hombre inmerso en plena crisis de los 40, está su mujer histérica y controladora, está la hija insegura que quiere agrandarse los pechos para parecerse a su amiga sexy triunfadora, y el chico raro y friki del instituto que tiene un padre fascista y autoritario… Una de las críticas frecuentes a American Beauty es que estos personajes se nos describen casi de forma caricaturesca. Sin embargo, es algo que está buscado desde el guión. Ese brochazo gordo a la hora de dar cuerpo psicológico a los personajes es un arma con la que juega el guionista, Allan Ball, para dibujar la evolución de los personajes a lo largo de la historia. Así pues, en un inicio los personajes son ridiculizados, diría que de forma hasta salvaje, pero al final, y cuando ya todos los acontecimientos estallan y confluyen en el momento que se nos ha anticipado desde el comienzo, se les acaba recobrando la dignidad.

American Beauty

El guión es magnífico, sensacional. El drama y la comedia se suceden continuamente en torno a conversaciones hilarantes pero muy profundas en su esencia. Nada es gratuito en American Beauty, pues cada frase esconde dentro de si una profunda reflexión sobre la hipocresía y superficialidad de las relaciones sociales, además del materialismo y el absurdo que supone preocuparnos más por los objetos que por las personas que nos rodean, como en esa fantástica escena en la que Lester y Carolyn están a punto de tener sexo después de mucho tiempo pero ella rompe la magia al decirle a Lester que va a manchar el sofá con la cerveza que lleva en la mano.

Especialmente brillante es también el archiconocido (y parodiado) monólogo del personaje de Wes Bentley acerca de una bolsa de plástico que baila al son del viento, y la metáfora que emplea acerca de la belleza que se esconde en las pequeñas cosas de la vida. Aunque algo pretencioso, ese discurso expresa el sentido de la película, y es que la belleza no está en ningún lugar concreto al que debamos partir en su busca, sino que la belleza es algo cotidiano que nos rodea, solo que somos incapaces de verla porque estamos ciegos.

La dirección de Sam Mendes es maravillosa, sobre todo teniendo en cuenta que esta es su ópera prima. La narración es un ejemplo de ritmo y la puesta en escena es tremenda, con una plasmación visual brillante en la que Conrad L. Hall juega constantemente con las luces y las sombras o la posición dominante o sometida de los personajes para realzar el carácter de cada uno de ellos. También es una película que juega con los simbolismos de forma magistral, por ejemplo con el uso constante del color rojo, que anticipa y conecta todo lo que sucede en la parte final, o la presencia frecuente de las rosas, en concreto una variedad que se llama como la misma película, American Beauty, también conocida como “falsa belleza” por estar cultivada artificialmente, remarcando de manera sutil el mensaje de la película.

Aún con todo esto, su mayor logro es resultar entretenida sin dejar nunca de resultar profundamente dramática, y la progresión de los estados de ánimo que se van sucediendo casi de manera frenética la convierten en una montaña rusa de emociones, en la cual tras una carcajada siempre hay un deje de tristeza. La sensacional, mágica y ya mítica banda sonora de Thomas Newman, que a partir de entonces se convirtió en un habitual en el cine de Mendes, acaba de conferir al conjunto una atmósfera de desatada melancolía y un hipnotismo absolutamente cautivador.

Las actuaciones, por otro lado, son brillantes, y están más allá del elogio. Kevin Spacey se come la pantalla a bocados, realizando una actuación absolutamente memorable (y multipremiada); Annette Bening en su papel de esposa irritable cumple a la perfección, sobre todo en el tramo final de la película, y los secundarios dan un auténtico recital, sobretodo Wes Bentley interpretando a Ricky Fits, ese joven enigmático que se enamora de la hija de Lester y que es otra de las bisagras de la historia. Mena Suvari, en su papel de “Lolita”, está para comérsela entera.

American Beauty

El mensaje que lanzan Allan Ball, el guionista, y Sam Mendes, el director, cala de una manera de las que pocas películas pueden presumir. El espectador se siente identificado con Lester y su cruzada por alcanzar la felicidad. La catarsis se alcanza en un final que recuerda ligeramente al de Manhattan de Woody Allen, en una secuencia de imágenes en las que Lester, una vez muerto, rememora algunos de los momentos por los que ha valido la pena vivir, en un carrusel de imágenes a los que acompaña el maravilloso tema principal de la banda sonora, conformando uno de los finales más bellos, líricos y emocionantes de la historia del cine, y en el que duele especialmente esa imagen de Carolyn llegando a casa, una vez enterada de la muerte de su marido, y su acto de desesperación abrazando desconsolada la ropa de Lester en el armario. Es la imagen que resume la idea de la que nos han estado hablando durante casi dos horas: solo nos damos cuenta de lo que tenemos cuando ya lo hemos perdido.

El impacto de ese final es tremendo e inolvidable. Forma parte de esa colección de momentos cinematográficos que parecen estar hechos con el mismo material con el que está hecho la vida, y que explican con un lenguaje diáfano y clarividente lo que significa estar vivo, y que arrojan tantísima luz acerca de lo absurda que es a veces la vida y cómo el amor es dejarse ir en vez de aferrarse a las cosas. Es el broche de oro, el colofón perfecto a una película reveladora, bella hasta la extenuación y, como las buenas comedias negras, inmensamente divertida incluso en los momentos en los que hace daño. Una película que cierra una de las mejores décadas de la historia del cine, la de los noventa, y que deja para los restos una lección magistral de cine por parte de un director novel que hasta entonces únicamente había hecho teatro.

Acabo con unas palabras de Steven Spielberg, preguntado una vez acerca de la ligereza de algunas de sus películas, a lo que respondió con la siguiente afirmación: “No todas las películas pueden ser tan buenas como American Beauty”.