Nadie ha ha diagnosticado con tanto acierto a esta sociedad posmoderna en la que vivimos como el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sus ensayos en torno a lo que él llama «sociedad del cansancio» o «sociedad de la transparencia» clavan el diagnóstico sobre cómo nos ha cambiado la tecnología, las redes sociales, el capitalismo y el consumismo desenfrenado.

La sociedad paliativa gira en torno a los mismo temas que Han ha tratado en el pasado, pero aquí hace una disquisición sobre el dolor y nuestra relación con él. Se nota que gran parte del libro ha sido escrito durante la pandemia de coronavirus porque Han dedica gran parte del texto a hablar sobre ella y la gran histeria colectiva que hemos vivido, aceptando de buen gusto atropellos a nuestras libertades individuales bajo una absolutización de la supervivencia.

Esta «radicalización viral» explica Han que se debe justamente a nuestra relación con el dolor. Explica Han que hemos apartado el dolor de nuestra vida, lo rechazamos, huimos de él y lo evitamos a toda costa, de tal forma que somos incapaces de aceptar la existencia de un virus y somos capaces de sacrificarlo casi todo con tal de protegernos de él. Por ejemplo, nos ponemos nosotros mismos en cuarentena con el objetivo de alargar a toda costa nuestra vida, aunque esta pase a ser una vida agónica, sin sentido, vacía de significado. Se trata de prolongar la vida a toda costa, aunque esta sea una mierda.

Muy interesante es también el punto de vista de Han acerca del efecto transformador del dolor. Han defiende que no es posible ser feliz sin experimentar el dolor, considerando que esta solo es posible «en fragmentos», y es precisamente esa dualidad entre momentos felices y dolorosos los que construyen la narrativa de una vida que vale la pena ser vivida: con sentido y significado.

Han ha hablado en anteriores obras sobre la diferenciación que hay que hacer entre «vivencias» y «experiencias», sobre cómo las primeras no suponen nada en absoluto mientras que las segundas tienen un efecto transformador en nuestra vida por el zarandeo que nos causa. Sabemos que lo que vivimos ha sido una experiencia precisamente porque en ella sentimos algún tipo de dolor: el dolor, según Viktor von Weizsacker es la «encarnación de una verdad», y por tanto «experimentar» es enfrentarse a alguna verdad dolorosa de nuestra vida y aprender de ella.

Han remarca que en la sociedad de la transparencia estamos llenando nuestras vidas de vivencias en vez de experiencias, viajando siempre a los mismos sitios, relacionándonos con las mismas personas y enfrentándonos a ese «infierno de lo igual» del que siempre habla, un infierno caracterizado por la positividad del «Me Gusta» y la anestesia generalizada en la que estamos inmersos, una anestesia que busca, en definitiva, mantenernos drogados, alejados del dolor y en un perpetuo bienestar sin sustancia ni contenido.