Ando leyendo y descubriendo estos días al filósofo coreano Byung-Chul Han. En uno de sus libros, un capítulo se abre con la siguiente cita de Peter Handke:

«Vivo de aquello que los otros no saben de mí»

Uno de los conceptos más utilizados por Han es el de la sociedad pornográfica. En la era de las redes sociales, en la que parece que debemos compartirlo todo sobre nuestras vidas, y es más, en la que parece estar mal visto incluso no hacerlo, nuestro yo queda expuesto, desnudo ante los demás.

En la sociedad pornográfica se aboga por una exposición total en la que se elimina la ocultación, la intimidad, el misterio. Pero sabemos que este misterio es, justamente, el fuego que alimenta la atracción. El juego de la seducción consiste, básicamente, en el juego de la ocultación, de la máscara. Son miradas esquivas, insinuaciones, lo que se dice con los actos y lo que no se dice con palabras, la demora intencionada y juguetona del placer, la construcción de una narrativa, el reconocimiento del otro, la alteridad.

Frente a la mirada penetrante, frente a la obsesión de hacerlo todo transparente, Nietzche defiende la apariencia, la máscara, el secreto, el enigma, el ardid y el juego: «Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símbolo».

Byung-Chul Han en La Sociedad de la transparencia

Todo esto se elimina en la sociedad pornográfica. Han expone, con toda la razón, que la revolución digital en la que estamos inmersos ha acabado con la seducción, con el eros, con el amor e incluso con el sentido del tiempo, que se muestra acelerado, sin pausa, en una constante búsqueda por rellenar nuestras vidas de cosas que hacer, que acaben con el vacío existencial que la mayoría hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas.

Así, nuestras vidas transcurren en una loca carrera por la búsqueda de lo que él llama vivencias, que no son más que un encuentro con uno mismo, con lo igual, frente a las experiencias, que son el encuentro con lo distinto, y que por lo tanto tienen un efecto transformador en nuestras vidas.

La teoría de Han es totalmente convincente porque la podemos identificar a nuestro alrededor: ya solo sabemos ligar a través de Tinder, una herramienta que nos obliga a poner todas las cartas sobre la mesa desde un buen principio, y en la que se trata de vendernos a los demás, ofreciendo una imagen impoluta, que no incomode a nadie, que trata de agradar, se amolda a los demás y, por lo tanto, no ofrece resistencia.

Lo podemos ver también en Instagram, una colección de selfies y fotos perfectas en las que desaparece el punctum del que hablaba Barthes. No hay en esas imágenes una narrativa, un significado que nos impacte, que nos revele una nueva y desconocida realidad o un reflejo de una experiencia transformadora, sino únicamente un autoretrato narcisista que busca, nuevamente, venderse en un mercado que exige rendimiento y transparencia, y que prescinde de todo obstáculo, contrariedad o alteridad.

Lo vemos también en muchas parejas a nuestro alrededor, en cómo tratan de poseer, de controlar, de saberlo todo y a todas horas sobre el otro. No hay amor real, pues el amor implica reconocer al otro en toda su intimidad y diferencia. El amor en tiempos de Tinder no es más que un burdo intento de amoldar al otro, no busca identificar y engrandecer la diferencia entre pares, sino que trata de crear una copia de uno mismo.

Así pues, aquello que los otros no saben de mí se convierte en el último refugio donde las relaciones verdaderamente significativas pueden prosperar. El amor, el sexo e incluso la amistad necesitan de un componente básico que estamos perdiendo en el camino hacia lo digital: intimidad, privacidad, misterio y sombra.