La eterna pregunta que filósofos y pensadores han tratado de responder a lo largo de la historia. Es también de lo primero que se nos viene a la cabeza cuando sufrimos una crisis existencial, de las que yo he sufrido ya unas cuantas. Por eso tengo una opinión formada al respecto.

Creo que para hablar del sentido de la vida tenemos que hablar antes de la muerte. Vida y muerte son ambas inseparables, dos caras de la misma moneda.

Existe algo tan inevitable como la muerte: la vida. -Charles Chaplin

Prácticamente todas las culturas y religiones del mundo mantienen la idea de la reencarnación o una vida después de la muerte. Por poco serio que resulte este argumento desde un punto de vista científico, la creencia en un alma que puede transportarse para vivir otras vidas es común entre los seres humanos, y esta creencia tiene una explicación, tal como dijo el inclasificable Brian Cox en el documental “Wonders of life”: Uno se siente reconfortado pensando eso. Y es que resulta bastante turbador y desesperanzador pensar que todo lo que somos ahora; nuestra carne, nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros recuerdos, son fruto del caos y se evaporarán para siempre en el Universo.

¿Qué sentido tendría entonces la existencia? ¿Para qué esforzarse, batallar y sacrificarse para alcanzar tus sueños, si al final tan solo nos espera la nada eterna? ¿Para qué levantarse cada día a las 6 de la mañana, para qué luchar, para qué preocuparse por ser felices?

Lo que tuvo que pasar para que tú existieras

Aunque la religión pueda aportar consuelo y esperanza a mucha gente, mis creencias no pueden estar más alejadas de ella. Desde luego, encuentro mucho más consuelo en las explicaciones de la ciencia, y desde luego encuentro muchos más motivos de fascinación y asombro en las explicaciones científicas sobre cómo se originó la vida en el Universo que en las explicaciones teológicas.

Tal como apuntaba Bill Bryson en su magnífica obra “Breve historia de casi todo“, la historia del Universo es una sucesión de acontecimientos caóticos y azarosos que posibilitaron la creación de la vida de una manera casi milagrosa. Nos encontramos a la distancia justa del sol, y la masa de la Tierra es lo suficientemente grande como para atraer gravitatoriamente a su atmósfera. En los orígenes de la vida se encadenaron una serie de reacciones químicas extraordinarias, que dieron pie a las primeras moléculas. Desde aquello, hasta la vida como la conocemos ahora, pasaron 3.800 millones de años. Es simplemente acojonante.

Tal como estas circunstancias se desencadenaron de esta manera, también pudieron hacerlo de otra muy distinta. Las condiciones de la Tierra son tan particulares que las posibilidades de que surgiera una forma de vida como la nuestra eran de una entre miles de millones. Es fascinante pensar que en todo el Universo solo haya una vida como la que hay en el planeta Tierra, y con toda seguridad es así. Podrá haber vida en otros planetas, pero formas de vida exactamente iguales a las que tenemos en la Tierra son altamente improbables.

Las probabilidades de que se crearan las condiciones perfectas para la vida en la Tierra eran de una entre miles de millones. Estamos aquí por una sucesión de acontecimientos cósmicos únicos y extraordinarios. No hace falta pensar en un Dios que obra milagros para maravillarnos por la excelencia de la vida y la naturaleza, estas ya son milagrosas por sí mismas.

En su libro, Bryson reconocía que cuanto más sabemos acerca del Universo, más inverosímil resulta nuestra existencia. Y no puedo estar más de acuerdo con él: el ser humano es un auténtico milagro en sí mismo. Tenemos un cerebro privilegiado dentro del reino animal, que nos ha llevado a límites impensables, permitiéndonos crear obras de arte de arrebatadora belleza y fabulosa tecnología y máquinas que pueden viajar al espacio. Y todo esto ha sucedido sin la intervención de un ser divino que vive en los cielos.

Y esto es lo que perturba el pensamiento de muchísimas personas. ¿Cómo es posible que una vida tan perfecta se haya desarrollado de manera fortuita, por puro azar, sin la intervención de un Dios omnipresente que está en todas partes y lo ve y lo crea todo? Así ha sido, y no sé qué te parece a ti este pensamiento, pero a mi me parece la hostia.

¿Existe un destino para todos nosotros?

Mi absoluta fe y creencia en la ciencia me impide creer en destinos prefijados. El universo es demasiado caótico como para tenernos preparado de antemano un destino fijo entre las miles de millones de variables que entran en juego a lo largo de nuestras vidas. Tus padres se conocieron en la fiesta de graduación del 68, pero qué habría pasado si tu padre hubiese llegado a la fiesta cinco minutos tarde, y en vez de sacar a bailar a tu madre, hubiese invitado a otra chica? Tú ya no estarías aquí. Eso es el caos.

Cada uno de nosotros representamos una singularidad, pero es solo una más de entre los 7.000 millones de personas que habitan en el mundo entero. No hay ningún gran papel reservado en exclusiva para ti, o lo que es lo mismo: no has nacido con un propósito vital predeterminado.

El propósito de nuestra vida se forma con el tiempo, a través de nuestras vivencias y nuestros anhelos, nuestras ambiciones, las personas de las que nos rodeamos y las circunstancias de nuestro entorno, y por eso los propósitos de cada uno son tan distintos de los de los demás.

Si me preguntas qué sentido tiene la vida te diré que el único sentido de la vida es el que tú quieras darle. La pregunta que te haré yo entonces será esta: ¿Qué estás dispuesto a hacer con este regalo absolutamente asombroso llamado vida? ¿Hasta donde llegarás con él?

La toma de conciencia

En su libro, el cual recomiendo encarecidamente si no lo has leído, Bryson ponía un ejemplo que me parece sencillamente espectacular. Bryson hablaba de los líquenes, uno de los organismos más simples y menos ambiciosos, puesto que su función es simplemente la de “existir”. No obstante, un liquen se aferra a la vida desesperadamente, con un ímpetu incluso mayor que el de un animal o un ser humano, pues toda su existencia se basa únicamente en ese pretexto: existir. A donde quería llegar Bryson con ese ejemplo es que, a pesar de no disponer de nuestra conciencia, nuestro cerebro y nuestra capacidad de abstracción, un liquen siente un irremediable impulso por vivir.

Nosotros, siendo una forma de vida mucho más compleja, tenemos ese mismo impulso. Pero nosotros sí disponemos de un cerebro que posibilita el pensamiento abstracto. Gracias a la abstracción, los hombres de la prehistoria intuyeron que uniendo un palo con una piedra podían construir un hacha con la que les sería mucho más fácil cazar o recolectar hierbas. Esa capacidad de abstracción es la que ha posibilitado también que adquiramos conciencia de nosotros mismos.

El liquen ni siquiera es consciente de su propia existencia, y aún así se aferra a la vida. ¿No te parece extraordinario?

Gracias a nuestro privilegiado cerebro, también experimentamos emociones, y resulta fascinante comprobar que estas cumplen también una función evolutiva. El amor, por ejemplo, es un instinto “diseñado” para garantizar la perpetuación de la especie. El miedo tiene la función de prevenirnos ante posibles amenazas. Y la rabia, sin ir más lejos, es la emoción que proporciona energía para contrarrestar esos peligros.

Este conjunto de procesos cognitivos resultan en lo que denominamos conciencia, y la conciencia es clave para entender la felicidad en el ser humano. Gracias a la conciencia uno puede identificarse en el mundo como un ente individual dentro de un sistema colectivo. Gracias a ella albergamos ideas, pensamientos, creencias y valores que acaban formando nuestra forma de ver la vida. Debido a esta conciencia, podemos mirar dentro de nosotros y saber si todo ello se alinea con la vida que realmente estamos viviendo. La conciencia es la que nos permite mirar a otros seres humanos, y utilizando la empatía, saber cuándo estos están tristes, alegres o enfadados.

El hombre se autorrealiza en la misma medida en que se compromete al cumplimiento del sentido de su vida. -Victor Frankl

La empatía nos permite pues identificar también cuando otra persona es feliz o no lo es. Y si vemos a alguien que es feliz, y nosotros sentimos que no lo somos, la conciencia empieza a lanzar preguntas por nosotros: “¿Por qué él si y yo no?” “¿Qué tengo que hacer para ser tan feliz como él?”, para acabar concluyendo con un “Quiero cambiar mi vida para mejor, quiero ser feliz”.

No sé qué hacer con mi vida

La felicidad tiene muchas definiciones, tantas como que cada uno tiene la suya propia. Para unos, la felicidad puede ser montar una empresa de éxito, mientras que para otros la felicidad puede consistir únicamente en formar una familia. En cualquier caso, y con cualquier posible ejemplo que pusiera, identificaríamos la felicidad con la realización de una actividad que nos apasione. En el primer ejemplo la felicidad residiría en la pasión por llevar a cabo un emprendimiento, y en el segundo la felicidad sería el resultado de construir un entorno en el que amar y sentirnos amados.

Sea como sea, no se entiende la felicidad si no es viviendo una vida en la que sientes en todo momento que estás haciendo con ella lo que quieres. Obviamente esto no puede ser siempre así, pues inevitablemente surgen compromisos. Pero en líneas generales, uno siente que es feliz si sus actos son consecuentes con sus pensamientos. Es por esto que es muy difícil que alguien atrapado en un trabajo aburrido y monótono pueda ser feliz si su sueño es viajar por el mundo, así como resulta imposible que alguien pueda ser feliz al lado de una persona desde el mismo momento que deja de quererla.

El tema es que creo que los seres humanos somos mucho más conscientes de nuestra mortalidad, contrariamente a lo que se dice habitualmente,. En realidad, es un instinto que llevamos programado “de serie”, y precisamente saber que podemos morir en cualquier momento sin haber vivido una vida de la que podamos sentirnos orgullosos es el motivo de agobio y depresiones que nos invaden a menudo a lo largo de la vida.

Es en esos momento de crisis existencial, de dudas, miedos y temores, cuando intento tener presente toda esta reflexión que estoy compartiendo contigo. La vida es un lienzo en blanco y puedes pintar en ella lo que quieras. No se me ocurre ninguna otra conclusión más potente, libre y hermosa que esta para definir el sentido de la vida.